+55 y con ganas: el talento que la Educación Continua debe volver a poner en el mapa
En varios seminarios y conversaciones de educación continua a los que he asistido últimamente, ha surgido una preocupación común: el talento senior y el lugar que realmente ocupa en nuestro país. Y la pregunta que se repite es potente: ¿y si la mayor reserva de talento disponible en Chile no estuviera en quienes recién comienzan su vida laboral, sino en quienes ya pasaron los 55 años?

La idea desafía ciertos supuestos, sobre todo en un país donde el boom startup convirtió la juventud en un valor en sí mismo, casi un “sello de innovación” (los que tenemos experiencia en innovación, sabemos que esto es muy real). Pero lo primero es entender que envejecer no solo tiene que ver con la cantidad de personas mayores, sino con cómo cambian sus oportunidades laborales, sus redes y su forma de aprender. En Chile seguimos fijándonos en la cifra y no en lo que realmente implica.
El problema no aparece de golpe; se acumula peligrosamente: menor empleabilidad, casi nulas opciones de reinserción y un mercado que castiga la edad más que la falta de competencias. El punto crítico llega cuando reconocemos que esta exclusión no ocurre por falta de talento, sino porque no hemos construido sistemas preparados para integrarlo. Y eso trae consecuencias: incertidumbre económica, caída en la autoestima profesional y una desconexión social que se siente todos los días.
Lo esperanzador de esto es que justamente desde ese dolor emerge una oportunidad enorme. Las universidades tenemos en nuestras manos articular rutas formativas de educación continua que combinen actualización digital, habilidades prácticas, acompañamiento laboral y, al mismo tiempo, espacios para el ocio creativo, la filosofía, el pensamiento crítico y el bienestar emocional. Y ojo, no para “ayudar”, sino para activar capacidades que siguen plenamente vigentes.
Si queremos un desarrollo sostenible en nuestro querido país, tenemos que dejar de ver a los 55+ como el final de una etapa y comenzar a reconocerlos como un activo en plena transición. Integrarlos no es un gesto social: es estrategia país. Cuando abrimos programas que conectan experiencia, formación y redes, ampliamos el mapa del desarrollo para todos.
Escrito por María Trinidad Beuchat Beroíza
Jefe de Negocios Corporativos e Institucionales de Educación Continua
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