La formación en empresas empieza donde aparece el dolor
La formación en empresas e instituciones no debiera partir desde la pregunta “¿qué curso tenemos disponible?”, sino desde una pregunta mucho más simple y profunda: “¿qué le está doliendo hoy a esta organización?”. Puede ser una nueva normativa que exige cambios, equipos que necesitan actualizarse, jefaturas que no logran alinear criterios, instituciones presionadas por mejorar su servicio o profesionales que enfrentan escenarios para los que no fueron formados originalmente. Ahí es donde la formación cobra verdadero sentido.

Los datos del mercado público muestran con claridad esta realidad en el sector público. Entre 2018 y 2025, las órdenes de compra asociadas a capacitación suman cerca de $400 mil millones, distribuidas en más de 17.000 licitaciones. Pero más relevante que el monto es mirar qué se compra: salud clínica y atención primaria, educación y docencia, gestión pública y normativa, liderazgo, género e inclusión, inteligencia artificial, datos y ciberseguridad. Detrás de cada uno de esos temas hay un dolor institucional concreto. No se capacita por capacitar; se capacita porque hay una brecha que resolver.
Lo mismo ocurre en el mundo corporativo. El mercado SENCE ha crecido de manera importante: el gasto total en capacitación pasó de $115,2 mil millones en 2020 a $247,4 mil millones en 2024, mientras los participantes aprobados aumentaron desde 701.671 a 999.732 personas. Estos números muestran que las empresas siguen apostando por la formación, pero también evidencian que la demanda se vuelve más exigente. Las organizaciones necesitan programas que conversen con sus desafíos reales, no propuestas genéricas que podrían servirle a cualquiera.
Para las universidades, esto representa una oportunidad muy relevante. Su valor no está solo en tener buenos profesores o programas bien diseñados, sino en ser capaces de escuchar bien el problema antes de ofrecer una respuesta. Cuando la conversación parte desde el dolor del cliente, la formación deja de ser un producto aislado y se transforma en una herramienta concreta para mejorar capacidades, ordenar criterios, actualizar conocimientos y acompañar procesos de cambio.
Esto exige una forma distinta de relacionarse con empresas e instituciones. Antes de hablar de horas, modalidad o precio, hay que entender qué está pasando: qué problema quieren resolver, qué equipos están involucrados, qué brecha existe, qué urgencia hay y qué resultado esperan. Solo después tiene sentido definir si corresponde un curso breve, un programa cerrado, una capacitación masiva, una experiencia presencial, online o híbrida. La modalidad viene después; el dolor viene primero.
Esa es, quizás, la principal tarea de quienes trabajamos en educación continua para empresas e instituciones: atrevernos a salir de la oferta y entrar en la realidad del otro. Porque antes de diseñar un curso, hay que entender el problema. Y antes de proponer una solución, hay que empatizar.
Escrito por María Trinidad Beuchat
Jefa de Programas Corporativos e Institucionales
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