Inicio 02/10/2025
En este artículo
La formación profesional de psicólogos, orientadores y educadores entrega bases fundamentales para la comprensión del desarrollo humano, la evaluación y el acompañamiento. Sin embargo, la experiencia en terreno demuestra que el trabajo en convivencia escolar implica una serie de desafíos que muchas veces no son abordados en la formación inicial.

Quienes se desempeñan en estos roles lo saben bien: la práctica cotidiana va mucho más allá del diagnóstico o la aplicación de estrategias individuales. Se trata de articular equipos, generar procesos preventivos, gestionar tiempos, construir indicadores y promover una cultura escolar que valore el bienestar como un pilar formativo.
A continuación, presentamos algunas de las realidades más comunes que emergen en el ejercicio profesional y que rara vez aparecen en los programas curriculares universitarios.
Una parte importante del tiempo del equipo de convivencia se destina a informes, reportes, sistematizaciones y solicitudes de la gestión escolar. Aunque son fundamentales para la toma de decisiones, pueden desplazar la intervención directa si no se cuenta con un sistema eficiente.
Existe la expectativa de que algunas dificultades conductuales o emocionales puedan resolverse en una sesión. Esto refleja la necesidad de fortalecer una comprensión institucional más amplia sobre los procesos socioemocionales y la responsabilidad compartida en su abordaje.
Es habitual que los profesionales deban asumir tareas como orientación, talleres o intervención de cursos sin contar con tiempos específicamente destinados para ello, lo que genera sobrecarga y dificulta priorizar.
Muchos equipos deben explicar reiteradamente por qué es relevante invertir en prevención y promoción, qué impacto tiene el bienestar socioemocional en el clima escolar y los logros de aprendizaje académicos o por qué ciertas intervenciones requieren continuidad.
El trabajo efectivo en convivencia escolar no puede depender exclusivamente de las competencias personales del profesional. Requiere procesos claros, indicadores compartidos y un sistema multinivel que oriente la toma de decisiones.
Estas experiencias muestran la importancia de fortalecer la formación continua en bienestar socioemocional y convivencia escolar, incorporando modelos como ETMN, que permiten ordenar procesos, visibilizar el impacto de las intervenciones y potenciar el trabajo interdisciplinario.
Un enfoque sistémico no solo mejora la calidad del acompañamiento a los estudiantes, sino que también contribuye a dignificar el rol profesional, otorgándole herramientas claras, lenguaje común y respaldo institucional.
Si estás interesado en estos temas, conoce el Diplomado en Bienestar Socioemocional y Convivencia Escolar.
Escrito por María Elisa Rodriguez
Directora de Estudios de la Escuela de Psicología de la Universidad de los Andes
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