¿Basta con querer ayudar para afrontar el problema de la salud mental en Chile?
El dato es contundente: un 69% de los chilenos considera la salud mental su principal preocupación de salud, con una carga que golpea con especial fuerza a mujeres y jóvenes (IPSOS, 2024). No hablamos de una percepción aislada, sino de una señal que atraviesa hogares, aulas y lugares de trabajo. Y, sin embargo, entre la preocupación y la respuesta adecuada suele mediar una distancia enorme: la de saber qué intervención realmente funciona y qué profesionales pueden entregarla.

Porque no toda ayuda es igual. Existe una diferencia sustantiva entre la buena voluntad de "acompañar" a alguien que sufre y la capacidad técnica de intervenir con fundamento científico, ya sea para prevenir el malestar antes de que se instale, a través de estrategias de prevención primaria en comunidades educativas, familiares y organizacionales, o para tratarlo cuando ya está presente, mediante psicoterapias validadas empíricamente. Esta distinción no es un matiz académico: es la que separa el gesto bien intencionado de la intervención efectiva, y en salud mental esa diferencia puede ser decisiva.
Además, hay una pregunta que antecede a la técnica y que rara vez nos detenemos a formular: ¿a qué idea de persona responde nuestra manera de cuidar la salud mental? Cada forma de intervención, lo diga o no, arrastra consigo una comprensión implícita de lo humano: qué nos constituye, qué nos vincula, qué nos permite florecer. Reducir el bienestar psicológico a una lista de síntomas a eliminar es tan insuficiente como ignorar la evidencia en nombre de una buena intención. La psicología seria necesita ambas cosas: rigor técnico y una perspectiva que le dé sentido.
Esta es precisamente la reflexión que la Escuela de Psicología de la Universidad de los Andes propone con ocasión del Día Mundial de la Salud Mental, en un seminario abierto a la comunidad que pondrá en diálogo los fundamentos de la disciplina con los desafíos actuales de la promoción del bienestar psicológico. Un espacio para pensar qué significa cuidar a la persona humana de manera integral, no solo gestionar sus síntomas, y cómo la relacionalidad, la escucha y el reconocimiento del otro son también herramientas clínicas, no solo valores.
Esa misma reflexión es la que debiera guiar la formación de quienes trabajan o quieren trabajar en este campo. Comprender el sufrimiento psíquico en profundidad, dominar los modelos terapéuticos con mayor respaldo empírico y diseñar intervenciones preventivas pertinentes al contexto chileno no es algo que se improvisa: requiere una formación especializada, actualizada y con supervisión de excelencia. Contar con una formación sólida marcará claramente la diferencia entre intervenir por intuición e intervenir con evidencia, ya sea si se requiere fortalecer la propia práctica clínica, el abordaje de problemáticas específicas o el trabajo de prevención en instituciones de salud, educativas o laborales.
Quizás la respuesta a la pregunta inicial de esta columna esté precisamente en formar a quienes puedan ofrecer ese camino con solidez. Porque tener a quién acudir presupone que existan profesionales debidamente preparados para prevenir, comprender y tratar el sufrimiento psíquico con rigor científico y con una comprensión profunda de lo humano. Formar a esos profesionales, con evidencia, pero también con sentido, es, en definitiva, una de las respuestas más concretas que la academia puede dar a la pregunta que hoy nos convoca.
Escrito por Fabián Barrera Pedemonte
Director Académico, Escuela de Psicología, Universidad de los Andes
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